Escapes de vejez

‪La cuadra y media que a diario recorría lentamente hacia el negocio de la esquina, era su rito para capear la soledad. 

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Querida

Emocionada fue al supermercado y compró una torta de mil hojas, globos, una serpentina y un ramo de flores violetas. Hoy, al igual que el año anterior, nadie la había llamado para su cumpleaños pero ella aún esperaba cumplir el rito que compartía hace 54 años con su mamá de celebrar con una fiesta a la hora del té.

Esperó que dieran las seis, puso un disco de Juan Gabriel, sirvió cuatro tazas de té con canela sobre la mesa, y le puso las velas a la torta. Esperó hasta las ocho, hasta las nueve, pero nuevamente nadie llegó ni sonó el teléfono.

Esa noche, mientras dormía soñó que llegaba mamá y tomaban el té juntas cantando “querida” a todo pulmón, riendo de buena gana con sus chistes y locuras. Al fin recibió ese saludo de cumpleaños que tanto había esperado. Abrió los ojos, suspiró y pudo dormir en paz.

 

Soledad

Soledad, ese era el nombre que decía el registro de ingreso que encontraron en un estante el día que todos se enteraron que existía.

Llegó al mundo un día de invierno, con 2 kilos de peso y sin derramar una sola lágrima. Sobrevivió, a pesar de que no tuvo ninguna madre a quien aferrarse, ella había muerto minutos antes que saliera de su vientre debido a una intensa hemorragia, tenía sólo 16 años.

La abuela apenas podía cuidarla y a los 3 años ya vivía en un hogar con otros niños como ella a quienes veía como sus hermanos. Algunas cuidadoras la amaban y cuidaban en sus jornadas de trabajo pero íban y venían según la administración de turno. La Sole era una niña divertida que siempre sonreía para pedir cariño, aunque en el fondo estaba profundamente triste y enferma, pero nunca hubo quién lo notara.

Su vida fue como un suspiro arrebatado, nadie se hizo cargo de ella y para el Estado sólo fue un número más en un sistema de negligencias que acabaron con su vida.

Entre sus ropas y papeles encontraron una carta, era para su ángel de la guarda, Soledad pedía tener una familia, alguien que la cuidara siempre, en quién poder acurrucarse en la noche mientras veía una película comiendo papas fritas.

Era un deseo simple, casi rutinario, pero que para esa pequeña de ocho años y medio parecía salido de un cuento, ese que nunca pudo vivir.