Amor perruno

Sus patas tan cansadas que apenas podía moverse, pero sus ojitos miraban fieles, atentos, expectantes a mi llegada, como siempre.

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Guardacostas

No había duda, él era el dueño de aquel lugar. Nadie conocía la playa mejor, ni disfrutaba como él cuando llegaban los veraneantes para que le dieran comida. Corría vigilante por la orilla, esquivando las olas, ahuyentando las gaviotas que se posaban en busca de alimento, era su entretención, y también, parte de su rito de dominio.

Se le enredaban los pelos con la arena, olfateando cada paso, descubriendo cada grano de arena con su nariz mojada.

A veces aparecían otros perros con sus dueños, todos limpios y respingones, luciendo sus collares de perros dominados, él no se intimidaba, pues la libertad corría por sus venas. Era feliz tomando sol en las rocas, saltando sobre las pulgas de mar, respirando ese aire que lo había visto crecer.

Cuando llegaba el invierno era más difícil, pero la señora Luisa le daba un pedazo de tierra en el patio con una frazada antigua para dormir, él a cambio de su generosidad, la defendía con ahínco cuando iba a la feria.

Cada tarde volvía al mar, para disfrutar la lluvia y mirar el horizonte, sabía que nadie más podía sentirse tan dueño de su tierra como él. #fotocuentos


Fotografía por Rodrigo Balladares
http://www.flickr.com/photos/dizzlecciko/
Texto por Carolina Cádiz – @caropaz_

Publicado originalmente aquí.