Evocación

Todo seguía como antes, aromas, colores, y la risa alegre de los niños. Pero un largo silencio les recordó su emotiva ausencia. 

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Árbol

Me encantaba pasar las tardes sobre el manzano, el naranjo y la higuera, mirando cómo los bichitos armaban camino hacia las ramas, observando todo lo que pasaba desde las alturas, admirando el cielo, los aromas, imaginando cómo haría realidad mis sueños. Estar ahí era mi refugio cuando el dolor me invadía y también el lugar donde suspiraba por los amores imposibles.

Desde pequeña sentí una conexión muy grande con los árboles, una especie de imán inexplicable que me hacía correr y querer subir a cada copa cuando veía uno; esas grandes ramas albergaban la seguridad que buscaba para poder soñar tranquila y respirar profundo.

A medida que fui creciendo, cambié las tardes sobre los árboles por pinceles, lápices y pinturas, ahí encontré el lugar para conocerme, trazando en cada línea un poco de mis vivencias y aprendizajes, luego vino la literatura y la poesía, la música, la ciencia, los colores y los grises de la vida.

Pienso que en todo eso surgió la necesidad de florecer, y entendí que en esa dualidad de cielo y tierra está el equilibrio que tanto anhelaba de pequeña, vivir en el cielo conectada a la tierra por lo esencial, por el amor a la vida profunda que se sobrepone a la adversidad.

Los árboles son el recuerdo permanente de cómo quiero vivir, son el centro que me hace volver a lo básico sin dejar de buscar el sol, jamás.

La banca de madera

No había manera de aburrirse con ella, sus ojos risueños, el cigarro permanente en su boca y los maravillosos relatos del pasado alucinaban a sus bisnietos durante largas tardes de verano.

Se sentaba en su vieja banca de madera a mirarlos jugar mientras alimentaba a los pájaros con las migas que guardaba en el bolsillo de su delantal negro, esperando que los niños fueran a acompañarla para repartirles dulces e historias.

A través de sus relatos, les enseñaba no sólo cómo vivía la gente del campo, y los cambios culturales que había vivido el país durante décadas, ella también conocía las plantas y sus propiedades, métodos de curación y un sinfín de consejos para alimentar el cuerpo y el alma aprendidos durante los años que ejerció la enfermería.

Era una mujer sabia con todo el dolor de una vida difícil y el aprendizaje del amor a destiempo. Nunca pensó que esa gran pasión le dejaría una hija, cinco nietos, y 11 bisnietos que la admirarían sin permitir que el tiempo borrara las huellas de su legado.

Hoy ya eran 15 años desde su partida y la descendencia no se permite olvidarla, siguen recordando sus ojos brillantes y genuinos, el dulce ritmo de su voz, y su clásico pucho en la boca, mientras los miraba jugar sentada en su banca de madera.

Fotografìa y texto por Carolina Cádiz – @caropaz_