Morada

Todos viviendo en el tronco de la vieja Lenga que los acoge con paciencia y gratitud, pájaros, arañas, musgo e insectos viven en comunidad biótica, nutriéndose con sabiduría para dar vida al bosque húmedo del sur del mundo. 

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Árbol

Me encantaba pasar las tardes sobre el manzano, el naranjo y la higuera, mirando cómo los bichitos armaban camino hacia las ramas, observando todo lo que pasaba desde las alturas, admirando el cielo, los aromas, imaginando cómo haría realidad mis sueños. Estar ahí era mi refugio cuando el dolor me invadía y también el lugar donde suspiraba por los amores imposibles.

Desde pequeña sentí una conexión muy grande con los árboles, una especie de imán inexplicable que me hacía correr y querer subir a cada copa cuando veía uno; esas grandes ramas albergaban la seguridad que buscaba para poder soñar tranquila y respirar profundo.

A medida que fui creciendo, cambié las tardes sobre los árboles por pinceles, lápices y pinturas, ahí encontré el lugar para conocerme, trazando en cada línea un poco de mis vivencias y aprendizajes, luego vino la literatura y la poesía, la música, la ciencia, los colores y los grises de la vida.

Pienso que en todo eso surgió la necesidad de florecer, y entendí que en esa dualidad de cielo y tierra está el equilibrio que tanto anhelaba de pequeña, vivir en el cielo conectada a la tierra por lo esencial, por el amor a la vida profunda que se sobrepone a la adversidad.

Los árboles son el recuerdo permanente de cómo quiero vivir, son el centro que me hace volver a lo básico sin dejar de buscar el sol, jamás.