Mermelada

 Con mucha paciencia tomó los frutos, preparando en una gran olla dulces aromas que envolverían las sonrisas de sus nietos.

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La Pira

Ocho décadas y media, esa es la edad de Lidia. Nació en el campo un día de septiembre en medio de secretos, y una brisa con aroma a primavera. Su historia siempre fue un ir y venir de emociones, donde el amor, y el esfuerzo tallaron su alma ingenua con millones de recovecos y recuerdos. No fue fácil ni perfecto, y a pesar de todo crió cinco hijos, varios nietos y hoy, cuida a una bisnieta a quién acompaña cada tarde con paciencia y dedicación infinita.

Su vida siempre estuvo marcada por la entrega, la adversidad y el sacrificio a otros, había visto pasar tanto, tan rápido que a veces no sabía cómo convivir en este mundo tan impaciente y furtivo.

Cuando se encontraba sentada entre los jóvenes y sus teléfonos, todos mirando esa pantalla que guardaba un mundo que ella no entendía, deseaba volver el tiempo atrás, cuando los miraba jugar en el gallinero de su casa todos llenos de tierra, o subidos en la carreta de Don René riendo, inventando juegos e historias mientras ella preparaba su clásico plato de tallarines a la italiana y alistaba la mesa para almorzar.

Los tiempos cambiaron, y ella se adaptó a pesar de que todo avanzaba más rápido de lo que sus piernas podían andar.
Nunca pedía nada, sólo agradecía disfrutar de una vida sencilla, en compañía de sus hijos, nietos, y tres bisnietas, siempre dispuesta a dar todo con tal de ver a todos sonreír.

Es por eso que hoy en su cumpleaños número 85, la Pira nos tiene aquí, celebrando la generosidad de su amor.

La banca de madera

No había manera de aburrirse con ella, sus ojos risueños, el cigarro permanente en su boca y los maravillosos relatos del pasado alucinaban a sus bisnietos durante largas tardes de verano.

Se sentaba en su vieja banca de madera a mirarlos jugar mientras alimentaba a los pájaros con las migas que guardaba en el bolsillo de su delantal negro, esperando que los niños fueran a acompañarla para repartirles dulces e historias.

A través de sus relatos, les enseñaba no sólo cómo vivía la gente del campo, y los cambios culturales que había vivido el país durante décadas, ella también conocía las plantas y sus propiedades, métodos de curación y un sinfín de consejos para alimentar el cuerpo y el alma aprendidos durante los años que ejerció la enfermería.

Era una mujer sabia con todo el dolor de una vida difícil y el aprendizaje del amor a destiempo. Nunca pensó que esa gran pasión le dejaría una hija, cinco nietos, y 11 bisnietos que la admirarían sin permitir que el tiempo borrara las huellas de su legado.

Hoy ya eran 15 años desde su partida y la descendencia no se permite olvidarla, siguen recordando sus ojos brillantes y genuinos, el dulce ritmo de su voz, y su clásico pucho en la boca, mientras los miraba jugar sentada en su banca de madera.

Fotografìa y texto por Carolina Cádiz – @caropaz_

 

El Jardín de Noelia

Noelia vivía en Julio Prado con Rancagua en una casa esquina con un frondoso y verde murallón de enredaderas, camelias y cardenales. Cada día, a eso de las 07:50 de la mañana, se le veía muy concentrada regando el jardín con una falda a la rodilla, unos pequeños zapatos negros y su cabellera blanca bien frondosa.

Era una mujer grande con sólo un metro y medio de estatura. Cada mañana sus pequeños y suaves pasos hacían eco en el oscuro pasillo, donde se reflejaban las luces de la calle sobre la cerámica blanca del baño, y su sombra cada vez más encorvada avanzando sigilosa. A lo lejos oía las patas de Momo, su fiel y amado quiltro que le cuidaba la sombra donde sea que fuera, mirándola siempre atento a sus señales. Ella creía que Eusebio se lo había enviado para que no se sintiera tan sola luego de su partida.

Estaba sola hace 12 años, sus familiares le habían insistido en vender, era una esquina muy comercial, “puedes sacar mucho dinero” le decían, pero ella nunca pensó hacerlo porque esas paredes le recordaban que era una sobreviviente. En esa casa había criado a su hijo, enviudado, protegido a algunos amigos en dictadura, y sobrevivido a un agresivo cáncer que la tuvo 2 años sin poder caminar hacia la plaza donde Mateo, su único hijo, había dado sus primeros pasos.

Las personas no entendían por qué prefería estar sola en ese caserón antes de compartir con ancianas de su edad en un hogar. Además, como en toda familia, más de algún heredero había insinuado que ese terreno era ideal para poner un negocio y que con el dinero que ganara podía hasta vivir en “Los años dorados” si quisiera, “ya no está en edad de hacer esfuerzos y pasar peligros”, decían.

Pero Noelia no daba su brazo a torcer, luego de la insuficiencia cardiaca que le quitó a su marido y la abrupta enfermedad que se llevó a Mateo, sólo le quedaban los cardenales, las camelias, su tranquila rutina y los recuerdos felices que vivían en cada rincón de esa casa, de ese hermoso jardín.

Un día de agosto las enredaderas desaparecieron, y las flores que antes adornaban la esquina se secaron. Dos semanas después todo el jardín estaba gris, amontonado en la parte frontal de la casa y un gran letrero de “Se vende” tapaba la puerta. No cabía duda, Ella se había ido.

La esquina de Julio Prado con Rancagua nunca volvió a ser la misma, había perdido los colores y la mirada dulce de Noelia.

Carolina en Twitter @caropaz_