Abandono

Cuando la encontraron, tenía una mano empuñada y la cabeza apoyada en un cojín. Dos años pasaron, y nadie notó su ausencia.

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Soledad

Soledad, ese era el nombre que decía el registro de ingreso que encontraron en un estante el día que todos se enteraron que existía.

Llegó al mundo un día de invierno, con 2 kilos de peso y sin derramar una sola lágrima. Sobrevivió, a pesar de que no tuvo ninguna madre a quien aferrarse, ella había muerto minutos antes que saliera de su vientre debido a una intensa hemorragia, tenía sólo 16 años.

La abuela apenas podía cuidarla y a los 3 años ya vivía en un hogar con otros niños como ella a quienes veía como sus hermanos. Algunas cuidadoras la amaban y cuidaban en sus jornadas de trabajo pero íban y venían según la administración de turno. La Sole era una niña divertida que siempre sonreía para pedir cariño, aunque en el fondo estaba profundamente triste y enferma, pero nunca hubo quién lo notara.

Su vida fue como un suspiro arrebatado, nadie se hizo cargo de ella y para el Estado sólo fue un número más en un sistema de negligencias que acabaron con su vida.

Entre sus ropas y papeles encontraron una carta, era para su ángel de la guarda, Soledad pedía tener una familia, alguien que la cuidara siempre, en quién poder acurrucarse en la noche mientras veía una película comiendo papas fritas.

Era un deseo simple, casi rutinario, pero que para esa pequeña de ocho años y medio parecía salido de un cuento, ese que nunca pudo vivir.

Omisión

“Amiga, amante, compañera de penas, sueños y alegrías”, pensaba emocionado mientras la veía dormir al lado derecho de su cama.
¿Podía pedirle más a la vida? ¿Podía acaso, dudar de su felicidad?
Una culpa invadió su pecho apretado de insatisfacción.

Y como un abismo de realidad abrió los ojos y miró sus manos vacías.
Nada había cambiado, pero nuevamente estaba solo.