Libertad

Se tomaron de las manos, cerraron los ojos y se abrazaron. Era ahora o nunca. Saltaron sin mirar el vacío, esperaron ese momento por años.

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La vida moderna

Tenía 14 años cuando llegó a Santiago desde Cunco, un pueblo cercano a Temuco. Su madre, una mujer viuda de 54 años lo envió a la casa de su tía abuela para que pudiera estudiar y trabajar en la capital con la esperanza de que conociera más cosas de las que ella podía darle en la pequeña y alejada casa en que vivían.

Terminó el colegio y se dedicó a trabajar, aprendió a hacer rejas de fierro comenzando como aprendiz en una soldaduría de calle Santa Julia, era todo un artista. Le gustaba experimentar con figuras nuevas, y se quedaba largas horas dibujando nuevos patrones y formas, todos pensaban que con ese talento algún día sería joyero.

Un día conoció a Rita, ella era mesera en el local donde iba a almorzar y compartían el mismo gusto por la música argentina. Años más tarde se casaron y tuvieron 4 hijos. No se dio cuenta cómo la vida se fue acelerando y sus sueños se fueron diluyendo. El negocio de las rejas decorativas ya no era rentable, y tuvo que buscar nuevas formas de ganarse la vida, fue así como se convirtió en soldador de una constructora, se dedicaba a sellar las vigas de los edificios.

Hoy Severino tiene 59 años, pero su aspecto es de un hombre mayor, sus anhelos de diseñar en fierro, y su infancia en los prados del sur ya eran sólo un vago recuerdo, la pesada rutina de su trabajo, las exigencias y costos de la vida moderna, y los largos trayectos de vuelta a casa habían diluido sus sueños y – junto con eso – su maravilloso talento de joyero.

Fotografìa y texto por Carolina Cádiz – @caropaz_