Machi

Toda la vida reflejada en su rostro, la inocencia marcada de sus ancestros, matices de herencia morena sobre sus mejillas.

Agradeciendo los secretos del alma, sonríe unida a la tierra fértil por sus manos trabajadoras, el agua nutriente de vida, y el consejo del árbol sagrado que ruega al cielo para que moje la siembra y aleje todo calcu de sus brotes.

Mujer consejera de raíces, sonrisas amables de timidez sureña, que sobrevive en un mundo de indiferencia agria, con la luz blanca de su sabiduría. #fotocuentos


Fotografía por Hugo Espinosa
Machi Comunidad Loncomahuida, Región de la Araucanía.
Texto por Carolina Cádiz – @caropaz_

Publicado originalmente aquí.

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Esa tarde de verano

Ella impaciente, miraba la hora cada minuto, esperando llegar a tiempo a su encuentro. Él la esperaba desde mucho antes en la escalera, frente a la salida principal.

Salió nerviosa, mirando a todos lados, sin reconocer su rostro entre la multitud… De pronto, él se acercó, la miró con dulzura, y se saludaron sonriendo, tímidos, con mucha ansiedad. Luego de varios meses hablando, noches en vela contándose la vida a través del computador, hoy se miraban a los ojos con el corazón latiendo fuerte, y las manos nerviosas, esperando aprobación para ese abrazo pendiente.

Fue una noche mágica, con todo el ritmo de una pieza musical, sinceros y alegres, comenzaron a encontrarse en profunda intimidad. #fotocuentos


Fotografía por Diego Haristoy.
http://www.flickr.com/photos/didecus/
Texto por Carolina Cádiz – @caropaz_

Publicado originalmente aquí.

Otoño

Una pequeña brisa se colaba por su cabello, olía a madera con unos toques de albahaca, rocío y jazmín. El alba despuntaba ligero, las pequeñas ramas desnudas se golpeaban unas con otras como bailando al ritmo del viento, ella sonreía. El sol acaramelado iluminaba su rostro. Era momento de correr, no podía desperdiciar ese momento, no otra vez. #fotocuentos


Fotografía por Carolina Cádiz.
Texto por Carolina Cádiz – @caropaz_

Publicado originalmente aquí.

El Jardín de Noelia

Noelia vivía en Julio Prado con Rancagua en una casa esquina con un frondoso y verde murallón de enredaderas, camelias y cardenales. Cada día, a eso de las 07:50 de la mañana, se le veía muy concentrada regando el jardín con una falda a la rodilla, unos pequeños zapatos negros y su cabellera blanca bien frondosa.

Era una mujer grande con sólo un metro y medio de estatura. Cada mañana sus pequeños y suaves pasos hacían eco en el oscuro pasillo, donde se reflejaban las luces de la calle sobre la cerámica blanca del baño, y su sombra cada vez más encorvada avanzando sigilosa. A lo lejos oía las patas de Momo, su fiel y amado quiltro que le cuidaba la sombra donde sea que fuera, mirándola siempre atento a sus señales. Ella creía que Eusebio se lo había enviado para que no se sintiera tan sola luego de su partida.

Estaba sola hace 12 años, sus familiares le habían insistido en vender, era una esquina muy comercial, “puedes sacar mucho dinero” le decían, pero ella nunca pensó hacerlo porque esas paredes le recordaban que era una sobreviviente. En esa casa había criado a su hijo, enviudado, protegido a algunos amigos en dictadura, y sobrevivido a un agresivo cáncer que la tuvo 2 años sin poder caminar hacia la plaza donde Mateo, su único hijo, había dado sus primeros pasos.

Las personas no entendían por qué prefería estar sola en ese caserón antes de compartir con ancianas de su edad en un hogar. Además, como en toda familia, más de algún heredero había insinuado que ese terreno era ideal para poner un negocio y que con el dinero que ganara podía hasta vivir en “Los años dorados” si quisiera, “ya no está en edad de hacer esfuerzos y pasar peligros”, decían.

Pero Noelia no daba su brazo a torcer, luego de la insuficiencia cardiaca que le quitó a su marido y la abrupta enfermedad que se llevó a Mateo, sólo le quedaban los cardenales, las camelias, su tranquila rutina y los recuerdos felices que vivían en cada rincón de esa casa, de ese hermoso jardín.

Un día de agosto las enredaderas desaparecieron, y las flores que antes adornaban la esquina se secaron. Dos semanas después todo el jardín estaba gris, amontonado en la parte frontal de la casa y un gran letrero de “Se vende” tapaba la puerta. No cabía duda, Ella se había ido.

La esquina de Julio Prado con Rancagua nunca volvió a ser la misma, había perdido los colores y la mirada dulce de Noelia.

Carolina en Twitter @caropaz_