Mancha

Tiró las pinturas, saltó la banca, corrió sin parar tapándose la boca, y el corazón a mil. Su plan fue colorear la violencia.

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Hogar

Subió al árbol impaciente, clavos, tablas y el martillo de papá para construirla. Viviría ahí, cada vez más cerca del cielo.

La banca de madera

No había manera de aburrirse con ella, sus ojos risueños, el cigarro permanente en su boca y los maravillosos relatos del pasado alucinaban a sus bisnietos durante largas tardes de verano.

Se sentaba en su vieja banca de madera a mirarlos jugar mientras alimentaba a los pájaros con las migas que guardaba en el bolsillo de su delantal negro, esperando que los niños fueran a acompañarla para repartirles dulces e historias.

A través de sus relatos, les enseñaba no sólo cómo vivía la gente del campo, y los cambios culturales que había vivido el país durante décadas, ella también conocía las plantas y sus propiedades, métodos de curación y un sinfín de consejos para alimentar el cuerpo y el alma aprendidos durante los años que ejerció la enfermería.

Era una mujer sabia con todo el dolor de una vida difícil y el aprendizaje del amor a destiempo. Nunca pensó que esa gran pasión le dejaría una hija, cinco nietos, y 11 bisnietos que la admirarían sin permitir que el tiempo borrara las huellas de su legado.

Hoy ya eran 15 años desde su partida y la descendencia no se permite olvidarla, siguen recordando sus ojos brillantes y genuinos, el dulce ritmo de su voz, y su clásico pucho en la boca, mientras los miraba jugar sentada en su banca de madera.

Fotografìa y texto por Carolina Cádiz – @caropaz_