Otoño

Una pequeña brisa se colaba por su cabello, olía a madera con unos toques de albahaca, rocío y jazmín. El alba despuntaba ligero, las pequeñas ramas desnudas se golpeaban unas con otras como bailando al ritmo del viento, ella sonreía. El sol acaramelado iluminaba su rostro. Era momento de correr, no podía desperdiciar ese momento, no otra vez. #fotocuentos


Fotografía por Carolina Cádiz.
Texto por Carolina Cádiz – @caropaz_

Publicado originalmente aquí.

El Jardín de Noelia

Noelia vivía en Julio Prado con Rancagua en una casa esquina con un frondoso y verde murallón de enredaderas, camelias y cardenales. Cada día, a eso de las 07:50 de la mañana, se le veía muy concentrada regando el jardín con una falda a la rodilla, unos pequeños zapatos negros y su cabellera blanca bien frondosa.

Era una mujer grande con sólo un metro y medio de estatura. Cada mañana sus pequeños y suaves pasos hacían eco en el oscuro pasillo, donde se reflejaban las luces de la calle sobre la cerámica blanca del baño, y su sombra cada vez más encorvada avanzando sigilosa. A lo lejos oía las patas de Momo, su fiel y amado quiltro que le cuidaba la sombra donde sea que fuera, mirándola siempre atento a sus señales. Ella creía que Eusebio se lo había enviado para que no se sintiera tan sola luego de su partida.

Estaba sola hace 12 años, sus familiares le habían insistido en vender, era una esquina muy comercial, “puedes sacar mucho dinero” le decían, pero ella nunca pensó hacerlo porque esas paredes le recordaban que era una sobreviviente. En esa casa había criado a su hijo, enviudado, protegido a algunos amigos en dictadura, y sobrevivido a un agresivo cáncer que la tuvo 2 años sin poder caminar hacia la plaza donde Mateo, su único hijo, había dado sus primeros pasos.

Las personas no entendían por qué prefería estar sola en ese caserón antes de compartir con ancianas de su edad en un hogar. Además, como en toda familia, más de algún heredero había insinuado que ese terreno era ideal para poner un negocio y que con el dinero que ganara podía hasta vivir en “Los años dorados” si quisiera, “ya no está en edad de hacer esfuerzos y pasar peligros”, decían.

Pero Noelia no daba su brazo a torcer, luego de la insuficiencia cardiaca que le quitó a su marido y la abrupta enfermedad que se llevó a Mateo, sólo le quedaban los cardenales, las camelias, su tranquila rutina y los recuerdos felices que vivían en cada rincón de esa casa, de ese hermoso jardín.

Un día de agosto las enredaderas desaparecieron, y las flores que antes adornaban la esquina se secaron. Dos semanas después todo el jardín estaba gris, amontonado en la parte frontal de la casa y un gran letrero de “Se vende” tapaba la puerta. No cabía duda, Ella se había ido.

La esquina de Julio Prado con Rancagua nunca volvió a ser la misma, había perdido los colores y la mirada dulce de Noelia.

Carolina en Twitter @caropaz_